(Medellín, 23 de mayo del 2009)
Ha habido una degradación vertiginosa de los principios democráticos sobre los que se erige la sociedad. Hace tiempos, desde las máximas instancias del Estado y sus instituciones la deshonestidad, la mentira, el autoritarismo y la criminalidad se han convertido en un cáncer destructor a costa del sacrificio de las normas jurídicas y la ética, que debería ser guía rectora de la actuación de las máximas autoridades. Experimentamos como excepcional lo que debería ser la esencia de la democracia, es decir, la defensa de valores éticos, colectivos, derechos civiles y libertades de todas y todos los ciudadanos.
Cuando las instituciones fundamentales que deberían velar por el bienestar, vida y honra del ciudadano, de acuerdo al mandato constitucional, cometen crímenes atroces como los falsos positivos (en verdad ejecuciones de civiles inocentes para buscar recompensas monetarias y premios en las Fuerzas Armadas); fraude electoral como el cohecho en el caso de la reelección presidencial; violación a la intimidad y privacidad individual y seguimientos a Magistrados, opositores, periodistas y críticos del actual gobierno como lo ha venido haciendo el DAS; nepotismo y prevaricato de altos funcionarios del Estado; etc., no se está hablando precisamente de democracia y mucho menos de Seguridad.
Algunos insisten en caracterizar esto como un “régimen mafioso” que se convertiría en una “dictadura” una vez sea reelegido por segunda vez su creador, Alvaro Uribe. Tesis que se ajusta más a una especulación política que a la realidad. Estamos muy lejos de llegar a ser una dictadura en el sentido histórico, lo cual no quita el carácter conservador, autoritario y retardatario de éste y anteriores gobiernos en la historia reciente del país. Prueba de ello es que, la Constitución del 91, de la que tanto alarde hacemos por ser lo más avanzado que se ha alcanzado, no pasa de ser una enclenque figura de la que sobresalen unos pocos logros, como las acciones de tutela y algo más. La contrarreforma conservadora y el ataque de moralistas y neoliberales cambiaron profundamente su contenido. Eso es lo que prevalece.
Es costumbre afirmar que cada generación está obligada a pensar sus propias crisis, de manera que todos y todas asumamos el rol de sujetos políticos. La amenaza que realmente enfrentamos es una sociedad como la colombiana frágil y vulnerable a los ataques de moralistas y restauradores de derecha. Lo que la haría en buena medida inmune, es la defensa de conquistas, derechos y valores que hagamos a través de la denuncia, oposición, movilización, debate de ideas, etc., para así hacer imposible las reformas moralistas de derecha.
Los restauradores de derecha tienen prisa en acabar de consolidar su estrategia de guerra, disfraz de lo que llaman Seguridad Democrática. Por eso cada día que pasa asistimos a una mayor degradación moral de quienes detentan el poder político. Su cuarto de hora se agota, son cada vez más evidentes las contradicciones entre las distintas facciones burguesas que aspiran al comando del Estado.
Del lado del régimen de la Seguridad Democrática y sus más conspicuos propagandistas, el adefesio político que da razón a su existencia debe seguir siendo la estrategia única, indivisible e imperecedera.
Afirman casi todos los aspirantes a la alta magistratura en cuanto foro o debate político hay en el país de las bondades y logros de la política de Seguridad Democrática. Bondades y ventajas que se reducen al buen clima para las inversiones y la acumulación de capital; y a la tranquilidad de viajar por las carreteras; es decir la recuperación del campo (sic). Lo cual ha significado la militarización de la sociedad que hoy no hay quien pague, como sucede con el llamado impuesto de guerra.
En cuanto a las ventajas inversionistas, por ejemplo, de los 10.564 millones de dólares en Inversión extranjera directa este año, no se ha dicho cuánto ganaron ni cuánto han sacado del país sin pagar impuestos. En cambio, se sabe que algunas de esas transnacionales pagaron a los paramilitares, que hoy lo confiesan, por cabeza de sindicalista asesinado como la Dole en Urabá y la Drummond en la costa. ¿Es por las facilidades dadas que las transnacionales aplauden la Seguridad Democrática y el clima de inversiones generado en el país?
Pero también opositores al gobierno de la Seguridad Democrática, como Gustavo Petro y quienes lo siguen dentro y fuera del maltrecho y dividido Polo Democrático simpatizan con la idea de convertir la fantoche invención maquiavélica en política de Estado. Eso demuestra que a muchos antiuribistas lo que verdaderamente los une es la estrategia sin el estratega. El amor por el engendro y el odio al progenitor. Vivimos una verdadera comedia: un presidente a punto de ser despojado por propios y extraños de la más preciada de sus criaturas.
La degradación del poder acompañada de la moralización recalcitrante de la derecha están directamente relacionados a la política de guerra que ha impuesto éste gobierno. No rechazarlos y evitar la confrontación de tal estrategia política, sólo sirve para ensoberbecer los bufones y propagandistas de la continuidad de la guerra, haciéndose cómplice del engendro por más que se rechace al progenitor. La renovación de la ética del poder pasa por asumir la crítica al modelo político vigente, desenmascarando su esencia y proponiendo su erradicación. Para nada se trata de hacer alianzas con quienes todo cambian para que nada cambie, sino cambiarlo todo para que todo cambie.
Oto Higuita, Movilicémonos Pueblo - PDA
Cuando las instituciones fundamentales que deberían velar por el bienestar, vida y honra del ciudadano, de acuerdo al mandato constitucional, cometen crímenes atroces como los falsos positivos (en verdad ejecuciones de civiles inocentes para buscar recompensas monetarias y premios en las Fuerzas Armadas); fraude electoral como el cohecho en el caso de la reelección presidencial; violación a la intimidad y privacidad individual y seguimientos a Magistrados, opositores, periodistas y críticos del actual gobierno como lo ha venido haciendo el DAS; nepotismo y prevaricato de altos funcionarios del Estado; etc., no se está hablando precisamente de democracia y mucho menos de Seguridad.
Algunos insisten en caracterizar esto como un “régimen mafioso” que se convertiría en una “dictadura” una vez sea reelegido por segunda vez su creador, Alvaro Uribe. Tesis que se ajusta más a una especulación política que a la realidad. Estamos muy lejos de llegar a ser una dictadura en el sentido histórico, lo cual no quita el carácter conservador, autoritario y retardatario de éste y anteriores gobiernos en la historia reciente del país. Prueba de ello es que, la Constitución del 91, de la que tanto alarde hacemos por ser lo más avanzado que se ha alcanzado, no pasa de ser una enclenque figura de la que sobresalen unos pocos logros, como las acciones de tutela y algo más. La contrarreforma conservadora y el ataque de moralistas y neoliberales cambiaron profundamente su contenido. Eso es lo que prevalece.
Es costumbre afirmar que cada generación está obligada a pensar sus propias crisis, de manera que todos y todas asumamos el rol de sujetos políticos. La amenaza que realmente enfrentamos es una sociedad como la colombiana frágil y vulnerable a los ataques de moralistas y restauradores de derecha. Lo que la haría en buena medida inmune, es la defensa de conquistas, derechos y valores que hagamos a través de la denuncia, oposición, movilización, debate de ideas, etc., para así hacer imposible las reformas moralistas de derecha.
Los restauradores de derecha tienen prisa en acabar de consolidar su estrategia de guerra, disfraz de lo que llaman Seguridad Democrática. Por eso cada día que pasa asistimos a una mayor degradación moral de quienes detentan el poder político. Su cuarto de hora se agota, son cada vez más evidentes las contradicciones entre las distintas facciones burguesas que aspiran al comando del Estado.
Del lado del régimen de la Seguridad Democrática y sus más conspicuos propagandistas, el adefesio político que da razón a su existencia debe seguir siendo la estrategia única, indivisible e imperecedera.
Afirman casi todos los aspirantes a la alta magistratura en cuanto foro o debate político hay en el país de las bondades y logros de la política de Seguridad Democrática. Bondades y ventajas que se reducen al buen clima para las inversiones y la acumulación de capital; y a la tranquilidad de viajar por las carreteras; es decir la recuperación del campo (sic). Lo cual ha significado la militarización de la sociedad que hoy no hay quien pague, como sucede con el llamado impuesto de guerra.
En cuanto a las ventajas inversionistas, por ejemplo, de los 10.564 millones de dólares en Inversión extranjera directa este año, no se ha dicho cuánto ganaron ni cuánto han sacado del país sin pagar impuestos. En cambio, se sabe que algunas de esas transnacionales pagaron a los paramilitares, que hoy lo confiesan, por cabeza de sindicalista asesinado como la Dole en Urabá y la Drummond en la costa. ¿Es por las facilidades dadas que las transnacionales aplauden la Seguridad Democrática y el clima de inversiones generado en el país?
Pero también opositores al gobierno de la Seguridad Democrática, como Gustavo Petro y quienes lo siguen dentro y fuera del maltrecho y dividido Polo Democrático simpatizan con la idea de convertir la fantoche invención maquiavélica en política de Estado. Eso demuestra que a muchos antiuribistas lo que verdaderamente los une es la estrategia sin el estratega. El amor por el engendro y el odio al progenitor. Vivimos una verdadera comedia: un presidente a punto de ser despojado por propios y extraños de la más preciada de sus criaturas.
La degradación del poder acompañada de la moralización recalcitrante de la derecha están directamente relacionados a la política de guerra que ha impuesto éste gobierno. No rechazarlos y evitar la confrontación de tal estrategia política, sólo sirve para ensoberbecer los bufones y propagandistas de la continuidad de la guerra, haciéndose cómplice del engendro por más que se rechace al progenitor. La renovación de la ética del poder pasa por asumir la crítica al modelo político vigente, desenmascarando su esencia y proponiendo su erradicación. Para nada se trata de hacer alianzas con quienes todo cambian para que nada cambie, sino cambiarlo todo para que todo cambie.
Oto Higuita, Movilicémonos Pueblo - PDA

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