(Escrito el 16 de febrero de 2009)
La lucha interna que vive el Polo lo tiene de nuevo al borde de la ruptura. Lo que se está dando no es un debate ideológico profundo, sino una disputa por la representación electoral. A raíz de ello, está en juego no sólo el rol de cada uno de los candidatos presidenciales de las tendencias que lo conforman, sino la existencia misma del partido. Lo cual confirma que seguimos estando juntos, más no unidos.
Por supuesto que hay que ayudar a salvarlo pero no a cualquier precio. Sobre todo no al precio de cualquier alianza con tal de “ser gobierno” y llegar a la presidencia sin importar que se desvirtúe el origen, la raíz y la razón de ser del proyecto: el Polo es el partido de la esperanza de los sectores populares e históricamente excluidos por la oligarquía. Es quien mejor recoge y sintetiza la historia de la izquierda colombiana, alternativo y radicalmente (de raíz) opuesto al proyecto de derecha (uribista) de la oligarquía colombiana.
Muchos creímos que el I Congreso del Polo (Nov/Dic. 2006) se convertiría en el intento más grande por la unidad de la izquierda colombiana. Pero una cosa era juntarse en un congreso, establecer unos estatutos, elaborar un ideario de unidad y un programa de gobierno, y otra muy distinta construir un partido de izquierda unificado. Más, cuando la experiencia histórica demuestra que la unidad se forja en la lucha ideológica, el debate de ideas, actuando como oposición, ejerciendo gobiernos locales, a través de la movilización; en síntesis, la unidad es el resultado de un proceso que puede ser largo dependiendo de las condiciones en que se actúa. Y nos jugamos en una sociedad caracterizada por el conflicto, la lucha por el poder, antidemocrática, donde la exclusión social y el asesinato político hacen parte de ella.
Llegar al partido unido demanda, además, una buena dosis de altruismo, respeto a las reglas de la democracia y madurez política. Soslayar cualquiera de estos aspectos, sólo servirá para malentendidos, disputas estériles y oportunismo político que es lo que parece reinar hoy. Dada esta situación, pensamos que las bases de un partido como el nuestro, no podemos aceptar el papel de simples fichas pasivas de una disputa electoral como la que se da hoy.
Creemos que el uribismo y su política de seguridad democrática, estrategia de guerra y no de paz, es transitoria en la sociedad. Por supuesto, sigue siendo hegemónica. Sin embargo, eso no quita el carácter transitorio y modificable propio de toda estrategia política. Y es ahí donde está, creemos, uno de los principales retos del Polo como partido alternativo de oposición. Reto que no se consuma exclusivamente en ganar las elecciones presidenciales, o en ganar el gobierno, sino en ganar los sectores populares para la transformación social y política de la sociedad, incluyendo el cambio de gobierno. En éste sentido la batalla es más de lucha ideológica, de lucha por la hegemonía política, que lucha electoral.
Plantear un gran acuerdo nacional con todos los sectores sociales y políticos, para ponernos de acuerdo en lo fundamental, es un falso dilema. El afán de gobernar o ganar la presidencia no puede dejar de lado lo que queremos y por lo que luchamos. El convite a hacer alianzas con tal de derrotar a Uribe sólo convence a incautos. No existe posibilidad de alianzas con quienes en lo fundamental han sido máximos responsables también de la hecatombe que atravesamos. Los ex presidentes Cesar Gaviria, Ernesto Samper o Luis Alberto Moreno, actual presidente del BID, para solo mencionar algunos ¿Son ajenos a la crisis que vive Colombia? ¿A caso no han sido protagonistas fundamentales de ella?
La tesis del gran acuerdo nacional solo contribuye a crear la falsa ilusión de que la paz se logra a través de un pacto con la sociedad civil. Pero es que la sociedad civil, compañeros y compañeras, es todo lo opuesto a ejércitos, y tampoco es la que está enfrentada en Colombia. Porque de lo contrario estaríamos en plena guerra civil. Y nadie con sindéresis en el país, lo aceptaría. La paz no se logra entre los que no están enfrentados, sino entre quienes principalmente lo han estado y siguen generando el conflicto armado: El Estado, sus fuerzas armadas, el paramilitarismo que ha servido como caballo de batalla en el enfrentamiento a una guerrilla que lucha por el poder.
Padecemos un conflicto armado degradado al máximo, al punto que no ha causado sino sufrimiento, destrucción y efectos nefastos a toda la sociedad. Por tanto, si éste existe, como lo reconoce el Polo, hay que buscarle salida no incentivando más la guerra ni el enfrentamiento, sino buscando la paz por medio de mecanismos como el diálogo, impulsando el acuerdo humanitario o el canje y apoyando decididamente a quienes como Colombianos y colombianas por la paz están mostrando ser más efectivos y consecuentes con la paz, la sociedad, las familias de secuestrados y la reconciliación nacional que muchas y muchos de nosotros.
En esencia, el conflicto armado en Colombia sigue allí. Así lo niegue el mismo presidente y sus seguidores. En tal sentido, cualquier bandera que se levante por la solución del conflicto por vía pacífica es una propuesta radicalmente diferente a la solución de guerra en que persiste la derecha y el uribismo. Y una de esas banderas la han levantado varias organizaciones y movimientos populares, entre ellos Colombianos y colombianas por la paz que encabeza la senadora Piedad Córdoba a quien nos corresponde como mínimo solidario defender de cuanto ataque y señalamiento le hacen.
Desafortunadamente, ninguno de los cuadros presidenciables del Polo ha sido capaz de encabezar una propuesta por el intercambio humanitario, la solución política negociada u otra propuesta que contribuya a poner fin al conflicto. Por un lado, porque el fantasma de ser señalados como simpatizantes o aliados de las FARC por el régimen y la propaganda uribista los tiene paralizados, y por el otro, porque algunos de ellos consideran que es más importante para su carrera política condenar y criticar ésta guerrilla que dar la batalla ideológica contra un régimen caracterizado por la parapolítica, la corrupción, el cohecho, el crimen, etc. Al punto que su discurso parece más a la vieja campaña anticomunista que al análisis profundo de una izquierda moderna.
Para que el II Congreso no sea simple epicentro de una lucha estéril y amorfa de quién sería el candidato o la candidata a las próximas presidenciables, hay que primero ponernos de acuerdo sobre cuál es el problema principal y luego definir cómo enfrentarlo, cuál sería la salida. Si la tesis de un acuerdo nacional tal y como lo viene planteando el sector que encabeza el senador Gustavo Petro acierta en la caracterización del momento político que hoy vive el país, y su fórmula política es la acertada, entonces que lo demuestre y lo someta a discusión en el Congreso. Sino que se dejen escuchar otras propuestas y otras salidas procurando que la amenaza de ruptura de Gustavo Petro no sea la salida.
La lucha interna que vive el Polo lo tiene de nuevo al borde de la ruptura. Lo que se está dando no es un debate ideológico profundo, sino una disputa por la representación electoral. A raíz de ello, está en juego no sólo el rol de cada uno de los candidatos presidenciales de las tendencias que lo conforman, sino la existencia misma del partido. Lo cual confirma que seguimos estando juntos, más no unidos.
Por supuesto que hay que ayudar a salvarlo pero no a cualquier precio. Sobre todo no al precio de cualquier alianza con tal de “ser gobierno” y llegar a la presidencia sin importar que se desvirtúe el origen, la raíz y la razón de ser del proyecto: el Polo es el partido de la esperanza de los sectores populares e históricamente excluidos por la oligarquía. Es quien mejor recoge y sintetiza la historia de la izquierda colombiana, alternativo y radicalmente (de raíz) opuesto al proyecto de derecha (uribista) de la oligarquía colombiana.
Muchos creímos que el I Congreso del Polo (Nov/Dic. 2006) se convertiría en el intento más grande por la unidad de la izquierda colombiana. Pero una cosa era juntarse en un congreso, establecer unos estatutos, elaborar un ideario de unidad y un programa de gobierno, y otra muy distinta construir un partido de izquierda unificado. Más, cuando la experiencia histórica demuestra que la unidad se forja en la lucha ideológica, el debate de ideas, actuando como oposición, ejerciendo gobiernos locales, a través de la movilización; en síntesis, la unidad es el resultado de un proceso que puede ser largo dependiendo de las condiciones en que se actúa. Y nos jugamos en una sociedad caracterizada por el conflicto, la lucha por el poder, antidemocrática, donde la exclusión social y el asesinato político hacen parte de ella.
Llegar al partido unido demanda, además, una buena dosis de altruismo, respeto a las reglas de la democracia y madurez política. Soslayar cualquiera de estos aspectos, sólo servirá para malentendidos, disputas estériles y oportunismo político que es lo que parece reinar hoy. Dada esta situación, pensamos que las bases de un partido como el nuestro, no podemos aceptar el papel de simples fichas pasivas de una disputa electoral como la que se da hoy.
Creemos que el uribismo y su política de seguridad democrática, estrategia de guerra y no de paz, es transitoria en la sociedad. Por supuesto, sigue siendo hegemónica. Sin embargo, eso no quita el carácter transitorio y modificable propio de toda estrategia política. Y es ahí donde está, creemos, uno de los principales retos del Polo como partido alternativo de oposición. Reto que no se consuma exclusivamente en ganar las elecciones presidenciales, o en ganar el gobierno, sino en ganar los sectores populares para la transformación social y política de la sociedad, incluyendo el cambio de gobierno. En éste sentido la batalla es más de lucha ideológica, de lucha por la hegemonía política, que lucha electoral.
Plantear un gran acuerdo nacional con todos los sectores sociales y políticos, para ponernos de acuerdo en lo fundamental, es un falso dilema. El afán de gobernar o ganar la presidencia no puede dejar de lado lo que queremos y por lo que luchamos. El convite a hacer alianzas con tal de derrotar a Uribe sólo convence a incautos. No existe posibilidad de alianzas con quienes en lo fundamental han sido máximos responsables también de la hecatombe que atravesamos. Los ex presidentes Cesar Gaviria, Ernesto Samper o Luis Alberto Moreno, actual presidente del BID, para solo mencionar algunos ¿Son ajenos a la crisis que vive Colombia? ¿A caso no han sido protagonistas fundamentales de ella?
La tesis del gran acuerdo nacional solo contribuye a crear la falsa ilusión de que la paz se logra a través de un pacto con la sociedad civil. Pero es que la sociedad civil, compañeros y compañeras, es todo lo opuesto a ejércitos, y tampoco es la que está enfrentada en Colombia. Porque de lo contrario estaríamos en plena guerra civil. Y nadie con sindéresis en el país, lo aceptaría. La paz no se logra entre los que no están enfrentados, sino entre quienes principalmente lo han estado y siguen generando el conflicto armado: El Estado, sus fuerzas armadas, el paramilitarismo que ha servido como caballo de batalla en el enfrentamiento a una guerrilla que lucha por el poder.
Padecemos un conflicto armado degradado al máximo, al punto que no ha causado sino sufrimiento, destrucción y efectos nefastos a toda la sociedad. Por tanto, si éste existe, como lo reconoce el Polo, hay que buscarle salida no incentivando más la guerra ni el enfrentamiento, sino buscando la paz por medio de mecanismos como el diálogo, impulsando el acuerdo humanitario o el canje y apoyando decididamente a quienes como Colombianos y colombianas por la paz están mostrando ser más efectivos y consecuentes con la paz, la sociedad, las familias de secuestrados y la reconciliación nacional que muchas y muchos de nosotros.
En esencia, el conflicto armado en Colombia sigue allí. Así lo niegue el mismo presidente y sus seguidores. En tal sentido, cualquier bandera que se levante por la solución del conflicto por vía pacífica es una propuesta radicalmente diferente a la solución de guerra en que persiste la derecha y el uribismo. Y una de esas banderas la han levantado varias organizaciones y movimientos populares, entre ellos Colombianos y colombianas por la paz que encabeza la senadora Piedad Córdoba a quien nos corresponde como mínimo solidario defender de cuanto ataque y señalamiento le hacen.
Desafortunadamente, ninguno de los cuadros presidenciables del Polo ha sido capaz de encabezar una propuesta por el intercambio humanitario, la solución política negociada u otra propuesta que contribuya a poner fin al conflicto. Por un lado, porque el fantasma de ser señalados como simpatizantes o aliados de las FARC por el régimen y la propaganda uribista los tiene paralizados, y por el otro, porque algunos de ellos consideran que es más importante para su carrera política condenar y criticar ésta guerrilla que dar la batalla ideológica contra un régimen caracterizado por la parapolítica, la corrupción, el cohecho, el crimen, etc. Al punto que su discurso parece más a la vieja campaña anticomunista que al análisis profundo de una izquierda moderna.
Para que el II Congreso no sea simple epicentro de una lucha estéril y amorfa de quién sería el candidato o la candidata a las próximas presidenciables, hay que primero ponernos de acuerdo sobre cuál es el problema principal y luego definir cómo enfrentarlo, cuál sería la salida. Si la tesis de un acuerdo nacional tal y como lo viene planteando el sector que encabeza el senador Gustavo Petro acierta en la caracterización del momento político que hoy vive el país, y su fórmula política es la acertada, entonces que lo demuestre y lo someta a discusión en el Congreso. Sino que se dejen escuchar otras propuestas y otras salidas procurando que la amenaza de ruptura de Gustavo Petro no sea la salida.









